sábado, 8 de marzo de 2014
Un sueño sin final.
Te escribiría a ti
cada una de las púas
que me clavaste sin querer,
o eso quiero creer.
Te cantaría
en pequeñas estrofas
todo lo que el viento
no me dejó gritar nunca.
Lloraría suplicándote
que me perdonaras
la vida
y el dolor,
la muerte
y la existencia.
He ido muriendo
cada día un poquito más,
como los pétalos
de la rosa más hermosa
que ahora cae
triste, sola.
Te he ido siguiendo las huellas
hasta ver la sangre
brotar de mí
y suplicar a mi cuerpo
que deje de arañarlo.
Me he permitido
un pequeño capricho,
verte allí
riendo,
soñando en cuentos
que yo misma me invento.
Y es que,
tienes la sonrisa más tierna
que he llegado a ver,
a sentir
y a escuchar,
porque tu sonrisa
lleva anclada tu voz
cuando susurrabas,
despacio,
todas aquellas palabras.
Esas que un día te llevaste
de camino a casa
para impedir que regresaran a mi lado
y que me volvieran a hacer feliz.
Supongo que creerás que
soy una estúpida, una idiota,
que llegó a tu vida por casualidad
y se marchó por egoísmo,
pero
me marché por ti,
me impregné de ti.
No sé si fue lo más acertado
o sólo una acción más
sin consecuencias,
sin apenas notar nada,
una ola rota antes de llegar
a la orilla donde dicen que debe morir,
una burbuja explotada
antes de que el aire la llegue a soplar,
una pesadilla continua
en un sueño sin final.
Así me siento yo.
Llegué a creer
a aquello que llaman palabras
confundiéndolas con sentimientos
que se han quedado en nada.
Fuiste, eres y serás el amor de mi vida.
Porque sólo he conocido una
y la compartí contigo.
Y soñé,
en mundos donde nunca había llegado;
y reí,
en cielos que nunca había apreciado;
y lloré,
en todos los lugares que nos espiaron
cuando te fuiste.
No creo que llegue a expresar
con palabras
todo lo que siento y he llegado a sentir,
un cóctel perfecto
de odio y amor.
Sé que he hecho mal,
quizás,
no debería haber entrado
y todo sería diferente.
Quizás,
me tendría que haber alejado
antes de meterme en ti
y abrirte el corazón,
para que me hicieras un hueco en él.
Tú tardaste menos en hacerlo
y sigues sin querer salir
de esa madriguera
a la que yo llamo amor
y de la que tú no eres consciente.
Perdóname,
nunca quise estar así en tu vida.
Cúlpame,
me merezco este dolor inacabable.
Pero
abrázame por favor,
nunca volveré a vivir algo así,
una amistad tan preciosa
como irreal,
tan bonita
como certera,
una completa paradoja
que nos llevó a la felicidad
y que me ha acabado ahogando
en mis propias lágrimas.
Posdata: Te quiero, te amo, te adoro.
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