Ojalá poder expresar con palabras lo que guardas dentro de ti. En esos pequeños rincones a los que nadie puede acceder. A veces ni siquiera tú. Pero, entonces, llegan personas que consiguen sacar a la luz tus sentimientos, y tú te conviertes en una marioneta manipulada por alguien a quién quieres. Y te encanta.
Me resulta increíble el poder que tienen las personas. Esa capacidad de modificar el estado de ánimo de otra, aunque sea solo con su presencia, o incluso al recordar su olor. Y, entonces, te das cuenta de que es imprescindible, de que tu vida sin ella no tendría el mismo sentido, de que no todo es importante y de que vivir significa crear. Crear momentos, crear experiencias, crear recuerdos, crear sonrisas, crear sentimientos. Todos y cada uno de nosotros tenemos ese poder, y eso es asombroso.
Tengo la suerte de estar rodeada de seres maravillosos, que me quieren, que me protegen y que me enseñan. Pero hoy quiero hablaros de él. Hace mucho que no le enseño el universo que llevo dentro, y esto resulta injusto para aquel que lo descubrió. Porque convirtió los meteoritos en estrellas fugaces y, aunque cada día pida un deseo a una de ellas, él se encarga de hacerlos todos realidad con tal de que mi sonrisa no se borre.
Cualquier palabra que le diga se queda corta para todo aquello que significa en mí. Y es que no puedo describir la sensación cuando roza mi nuca y su respiración sorprende a mi piel. Ni todas las veces que escucho su corazón en silencio siendo consciente de que su latir lleva impreso gran parte de mí. Una sola persona puede causar tal explosión de sentimientos sin apenas ser consciente que.
Él en sí mismo consigue crear magia. Cada vez que dibuja sonrisas solo con estar. Cada vez que transforma los kilómetros en centímetros sin que yo lo sepa. Cada vez que calma a la fiera cantándole su canción. Cada vez que consigue evitar las cosquillas haciéndolas mimos. Cada vez que recorre mi piel, memorizando cada uno de sus pliegues para cuando su ilusión desaparezca. Cada vez que sus ojos se juntan con los míos y no nos hace falta soltar ni una sola palabra, pues nuestro lenguaje se convierte en besos. Y los versos los dejamos para más adelante. Porque quién quiere versos teniendo a la poesía mirándole.
En esos momentos en los que pienso que lo único que me puede salvar es él y los kilómetros hacen de las suyas, mi universo recuerda. Cierro los ojos y soy capaz de sentirlo cerca, solo existe un milímetro entre su boca y la mía. La fuerza de sus brazos consigue juntar cada pedacito de mí. El calor de sus labios calma cada uno de mis sollozos. Sus dedos pasean por mi cuerpo simulando pequeñas sonrisas en las que me sabe mecer, y su voz me susurra tranquila que está ahí. Y entonces, solo entonces, consigue hacer de mis meteoritos estrellas fugaces.