Él le besaría cada uno de sus miedos, si no fuera por el miedo propio que habita en sus labios. Le susurraría cada minuto que desea alcanzarla entre sus brazos para siempre y que no quiere verle dibujar tristezas en su rostro. Él le llevaría cada día un ramo de rosas rojas que tanto le gustan a ella y que tan feliz la hacen, y le daría cadenas de besos por todo su cuerpo que no le permitieran jamás escapar de él. Pasearía sus sonrisas por toda la ciudad, para que el universo entero viera la felicidad en persona y reflejaría sus ojos en el agua para que el propio mar tranquilizara sus feroces olas con su serenidad. Dibujaría en cada rincón de su piel su canción favorita y le cantaría una obra de arte: ella. Él le escondería besos en cada curva de su ombligo y le rogaría buscarlos. Tiraría cada una de sus lágrimas en un vacío llamado pasado. Fotografiaría cada una de sus experiencias en las que su sonrisa ilumina el momento y le suplicaría que no lo dejara jamás.
Todo esto pasaría si no estuviera encerrada en cuatro paredes luchando por una vida más allá de la que ellos tienen. En un coma profundo del que no sabe salir.
Pero él no se rinde y piensa hacer lo máximo posible para ayudarla a luchar, por eso le sigue regalando cadenas de besos y ramos de rosas rojas, le acaricia sus manos, su cara, su pelo y su ombligo para que sienta que sigue ahí, le susurra al oído aquellas palabras de las que sólo ellos conocen el significado, le da masajes por todo su cuerpo y le lee sus historias preferidas, en las que está incluida la suya, y le canta canciones con la guitarra que le regaló aquel día. Y es en ese momento, en ese preciso instante en el que él le entona la melodía que tanto le gusta, cuando abre sus preciosos ojos. Entonces un mundo nuevo se crea sólo para ella y para él. Sus ojos verdes se vuelven a abrir a la vida y ella sonríe y él ríe y llora a la vez, mientras las lágrimas se juntan con sus sonrisas en una sintonía perfecta imposible de tocar. Ella está cansada, pero feliz. Una lágrima escapa de su ojo derecho, una lágrima que él recoge con su mano y se la apropia para siempre, mientras le susurra al oído te quieros sucesivos y le da besos en esos labios en los que ya no habita el miedo, sino la alegría. Ella vuelve a sentir el olor a vida y cómo la felicidad acaricia su cara de nuevo y vuelve a ver aquellos ojos de los que se enamoró aquel 24 de octubre.
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